No viajaba con una maleta,
ni con un saco,
ni con instrumento de precisión alguno.
Simplemente
pedazos de papel,
y un lapicero.
Y el último era prescindible.
Recogía cientos de elementos,
elementos que no se quieren,
abandonados.
Recogía tristeza,
pensamientos torturantes,
sembraba letras,
y soñaba,
soñaba con haber arrancado
todo cuanto se llevaba.